El silencio del aprendiz y el cielo estrellado

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El silencio del aprendiz y el vacío de la bóveda estrellada tienen una analogía entre ellos.

¿Podemos decir que el silencio del aprendiz es un silencio real? ¿O podemos decir que este silencio tiene su propia voz, su propio sonido?

Personalmente me inclino más a admitir que este silencio tiene su propia voz, o mejor dicho, su propio sonido, este sonido es la voz de Dios, es la primera manifestación es el Ein-Sof creador es, en este caso, el Principio de la obra.

Es la voz que acompañará al discípulo todo el camino. El que escucha la voz del silencio no tiene una meta, no la necesita, porque esta Energía lo empujará hacia su propio origen: Dios.

El que escucha la voz de Dios no tiene metas, pero como una pequeña astilla de hierro es atraído por un imán al que no puede resistirse, y así día tras día recorre su largo camino, a lo largo del cual esparce, como tantas estrellas, sus frutos.

Del mismo modo, ese vacío que vemos cuando levantamos los ojos al cielo, si tuviéramos ojos para ver nos daríamos cuenta de que no está vacío, al contrario. En ella hay esa misma voz, esa Energía creadora, que crea perpetuamente; es en ese vacío que la vida pulsa, es en ese vacío que el Gran Alfarero realiza su perenne trabajo.

En ese vacío, que no es vacío, yace el maravilloso y eterno amor que impregna todo el universo, esa primera Energía, esa primera materia que llena todas las formas dándole vida, la vida misma. Este es el maravilloso Vacío que impregna y envuelve todo.

Es el Mercurio Filosófico de los Alquimistas, único o esencial Principio que nos permite completar la Obra.

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