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Ahora parece necesario reflexionar sobre la relación entre la Ciencia y la Tradición, una relación que puede ser muy fructífera y estimulante, pero que también puede llegar a ser extremadamente engañosa. Como ejemplos negativos cito el uso de la ciencia por parte de muchos movimientos de la Nueva Era, como la Dianética de Cienciología o los pseudo-argumentos “holísticos” que todo el mundo ha encontrado en el fondo de cualquier vileza pseudo-tradicional, argumentos que a menudo se refieren a la mecánica cuántica o a la teoría de la relatividad o a las teorías cosmológicas modernas, invocadas para “explicar” o “justificar” el monstruoso sincretismo sin cabeza.
No hay duda de que la imagen que la ciencia tiene del mundo ha cambiado profundamente en los últimos 100 años. Para dar algunos ejemplos: la cuadripartición de las fuerzas fundamentales que operan en el universo tanto a nivel macroscópico como microscópico en la fuerza electromagnética, la fuerza gravitatoria, la interacción fuerte y la interacción débil, junto con los descubrimientos de la mecánica cuántica sobre la naturaleza, tanto ondulatoria como corpuscular de las partículas subatómicas y de la luz, y sobre la centralidad del observador en la determinación de algunas características del fenómeno observado (incertidumbre de Heisenberg), han modificado profundamente nuestro concepto de causalidad y nos han llevado a concebir la “naturaleza última” del mundo como una estadística.
La llamada “teoría de las cuerdas” nos da hoy la esperanza de la posibilidad de insertar los fenómenos relacionados con el mundo subatómico en un marco unitario.
La teoría de la relatividad nos ha llevado a modificar profundamente nuestra concepción del espacio, el tiempo y la materia y, una vez más, nos ha demostrado, al sustituir las transformaciones de Lorentz por las de Galileo, que el sistema de referencia desde el que se observan los fenómenos puede determinar las dilataciones o contracciones del espacio y el tiempo y que es imposible considerar estas categorías por separado.
Nuestra rígida concepción del tiempo ha sufrido un duro golpe, la idea de la simultaneidad de dos acontecimientos, tan importante en la idea habitual de causa, ha sido cuestionada; algunos (Hawking, incluso Goedel en algunas de sus poco conocidas publicaciones de la década de 1940) han llegado a formular la hipótesis de la posibilidad de fuertes singularidades en el continuo espacio-tiempo, de un tipo diferente a los llamados “agujeros negros”, que permitirían el viaje en el tiempo. Para el espacio tridimensional, la geometría euclidiana ha sido abandonada en favor de la versión de Minkowsky de la geometría reemanniana: un espacio que se “curva” en presencia de fuertes concentraciones de masa, donde la línea más corta entre dos puntos no es un segmento, sino una geodésica. La termodinámica también hizo su contribución y el segundo principio nos llevó a una visión de la evolución del universo cada vez más dominada por la probabilidad y cada vez menos por el determinismo rígido, un universo condenado a la muerte térmica por el crecimiento entrópico.
Las matemáticas también sufrieron grandes revoluciones, el sueño de fundar un edificio lógico coherente y completo, en el que todas las afirmaciones del pensamiento racional matemático encontraron un lugar que descendía de algunas suposiciones fundamentales, el sueño de Hilbert, destrozado con los descubrimientos de Goedel.
Mucho han hecho pensadores como Russell, Peano, Frege, Brower, Cantor, Dedekind, Von Neumann, Tarski, Wittgenstein, etc., para aclarar la naturaleza de los edificios lógicos y las proposiciones, las reglas de inferencia que los constituyen, los fundamentos sobre los que descansan, la relación entre el lenguaje y la realidad, la naturaleza del concepto de infinito. Hemos “superpuesto” a los fenómenos del mundo real modelos matemáticos cada vez más sofisticados, desde la teoría de las catástrofes a los sistemas dinámicos, desde las matemáticas del caos a la teoría fractal, a las teorías de Prigorgine sobre los sistemas disipativos, aplicándolos a los fenómenos físicos, químicos, sociales o biológicos.
La creciente costumbre de superponer trozos de matemáticas sobre porciones de la realidad nos está haciendo abandonar la ingenua visión positivista de un mundo “escrito en el lenguaje de las matemáticas”, que sólo debe ser descifrado, en favor de una visión según la cual se trata de superponer más “lenguajes” sobre las realidades estudiadas, cada uno de los cuales establece una analogía matemática entre el modelo y la realidad y pone de relieve una “forma” de fenómenos que de otro modo no habríamos notado.
Sin embargo, el problema sigue abierto en cuanto a si los modelos matemáticos tienen o no un valor ontológico, es decir, si las formas y propiedades que vemos gracias a ellos son propiedades del mundo o más bien de nuestras descripciones del mismo y de la intención que subyace a esas descripciones.
Algunos han visto en estas revoluciones del pensamiento científico una clara señal de “espiritualización de la ciencia”. Fritjof Capra en su “Tao de la Física” traza un gran fresco de la relación entre la ciencia moderna y la espiritualidad oriental, comparando la visión del mundo que surge de las teorías físicas con las tradiciones hindúes, budistas y taoístas. El Premio Nobel de Física Abdus Salam había hecho lo mismo al establecer un paralelo entre las teorías de la física de partículas y la religión musulmana. También el Premio Nobel de Química Ilya Prigorgine (por ejemplo en la “Nueva Alianza”) ve un nuevo humanismo en el horizonte, una nueva posibilidad de reconciliar la ciencia con los valores fundamentales del hombre.
Por último, la importancia que ha asumido la revolución informática y las simulaciones de la realidad en la “redefinición” del universo en el que vivimos es inmensa. La red anula las distancias, hace que las realidades contemporáneas hasta ahora separadas entre sí por abismos de tiempo y espacio, se rompe y vuelve a montar cómo, en un rompecabezas en el que la figura a reconstruir se cambia constantemente, cualquier producción cultural lo transforma todo en bienes fácilmente consumibles. En el futuro, nos espera el ciberespacio, hoy imperfecto y destinado a personas equipadas con cascos y guantes, destinado por el momento principalmente a actividades recreativas y reconstrucciones arqueológicas o arquitectónicas.
El mañana nos dará la posibilidad de una completa ilusión de la realidad, con olores y sabores adjuntos, y hará fructificar un sutil proceso iniciado en el Renacimiento: la objetivación de nuestros fantasmas interiores, nuestras formas de pensamiento y la eliminación de las frustraciones y limitaciones que frenan y delimitan el ego formando el carácter de los individuos. Nada nos impedirá utilizar el espacio, el tiempo y la materia virtuales que caracterizan al ciberespacio de esta manera, alimentando nuestra psique con relaciones virtuales y gratificantes, cometiendo crímenes virtuales para desahogar la ira y el miedo, dando vida a todos los “yoes” no expresados que duermen en cada uno de nosotros. ¿Quién evitará que un lisiado tenga un programa de realidad virtual diseñado en el que sea un campeón olímpico de 100 metros corriendo? ¿De planear cenas románticas con un amor propio que nos ha abandonado, de tener relaciones con una diva de la jet set o de reunir a la familia con parientes que han muerto durante décadas?
Como ya ocurre con la web, el ciberespacio nos llevará a quedarnos cada vez más en casa: así, un burócrata podrá desempeñar sus funciones o entregar documentos sin que él o sus usuarios se desplacen de su casa, los médicos podrán operar de un continente a otro, los músicos celebrarán un concierto virtual tocando en ciudades alejadas entre sí, se podrán realizar operaciones técnicas complejas utilizando un simulador como interfaz, aviones pilotados desde tierra.
Nuestra “realidad última” terminará, en definitiva, convirtiéndose en la interfaz con la que dialogamos. Un espacio-tiempo ficticio sobre el que podemos no sólo proyectar nuestros deseos, sino también objetivarlos y animarlos, interviniendo indistintamente sobre la realidad “externa” o sobre nuestros sueños.
La intención fundamental que mueve el pensamiento científico es y sigue siendo la de dominar la naturaleza y transformar los deseos del hombre en realidad. El auge de la ciencia, tal como la conocemos, es simultáneo al auge de las clases mercantiles, lo que refleja la necesidad de llegar a ciertos procedimientos y modelos cuyo propósito es conformar el universo a los deseos del hombre y, posiblemente, transformar esos deseos en acción y realidad.
El mundo que nos rodea es la respuesta de Mefistófeles a los deseos expresados por Fausto.
Todo se ha convertido en una mercancía, el espacio y el tiempo han perdido completamente su naturaleza “objetiva” y están empezando a convertirse en una pizarra en la que podemos escribir lo que ocurre en nuestros días, dando también forma a nuestra vida emocional. Desde el punto de vista psíquico hay un proceso de “inversión” de nuestro interior en el exterior: Las tecnologías modernas permiten “dar vida” a los diversos Egos que componen la persona, objetivando las cosas imaginadas con fines no sólo lúdicos Como dijimos, entre los efectos positivos de estas tecnologías está la posibilidad de “actuar a distancia” y se pueden concebir creaciones artísticas con características interactivas muy fuertes; en geografía, historia, arqueología o ciencias experimentales ya es posible experimentar directamente a través de modelos y simulaciones la visita a una tumba egipcia o los efectos de la fuerza de Lorentz sobre una carga eléctrica y es imaginable un “cine” tridimensional, que tiene lugar en el ciberespacio y es de “trama variable”, determinada por las interacciones que el espectador tiene con los protagonistas del espectáculo.
Desde un punto de vista epistemológico será cada vez más difícil distinguir entre la realidad y la “interfaz” que utilizamos para llegar a ella, entre las interfaces que tocan la realidad externa y las que tienen como término último los productos de nuestra imaginación. La interfaz se va a convertir en un verdadero “filtro” interpuesto entre el sujeto y el mundo, un filtro que redefine el espacio, el tiempo y la materia: el espacio se expande y contrae a voluntad mediante la posibilidad de actuar a distancia, el tiempo puede expandirse y contraerse artificialmente (lo que es muy fácil en un ciberespacio) y los “viajes en el tiempo”, entendidos como el hecho de presenciar virtualmente acontecimientos históricos del pasado o se hacen posibles reconstrucciones fieles, indistinguibles del original, de lugares y ciudades y eras que han desaparecido, de la misma manera que será posible vivir “acontecimientos” virtuales en los que el tiempo se ralentiza o acelera a voluntad: un instante entre el nacimiento y la muerte, como en las vidas que el dios Vishnu hace vivir a sus iniciados para mostrarles la ilusión de las encarnaciones terrenales. La materia se convierte en cambio en una abstracción determinada por los parámetros que regulan las formas y coberturas de la realidad virtual.
Dado el espacio que ocupan el erotismo y la pornografía en Internet no es difícil predecir que habrá programas interactivos en el ciberespacio que nos permitirán conquistar, como Indiana Jones, la mujer de nuestros sueños, tal vez con el rostro de Kim Basinger, el cuerpo de Marilin Monroe y la inteligencia de Maria Curie… La sombría realidad que proponen películas como “The Matrix” o “El show de Truman” ya está en marcha, tras los eslóganes publicitarios y el afán de consumo que nos devora, tras la futura posibilidad de líneas de conversación en las que los yos ficticios que podamos crear no se limitarán a apodos y nombres de fantasía, sino que estarán dotados de cuerpos y sensaciones.
Ha sucedido que en seiscientos años el interior del hombre se está volcando hacia su exterior como un guante, revelando como un cubo de basura los restos ocultos de la psique, estamos aprendiendo, como todo aprendiz de brujo que se precie, a encarnar nuestras formas de pensamiento y hacerlas caminar por la tierra. ¿Quién puede detenerlos? ¿Quién nos salvará de los delirios de la omnipotencia?
Todo buen lector de cuentos de hadas sabe que cuando el Demonio encerrado en la botella concede los tres deseos, detrás del prodigio siempre hay un terrible engaño. Como Fausto, debemos ser capaces de salvarnos en el último momento, al borde del precipicio. Siempre debe haber alguien que luche por reafirmar el principio de la realidad, ya sea desagradable o fea.
Entonces, creo que no debemos mirar ingenuamente a las creaciones de la ciencia, como a las sombras proyectadas en las paredes de la cueva de Platón, capaces de conducir al hombre desde el mundo sensible al mundo de los arquetipos. No debemos confiar ciegamente en las formas de pensamiento producidas en estos siglos para “explicar” el mundo.
Las creaciones de la física, desde los quarks hasta la teoría de las cuerdas, son fascinantes y dan pie a la imaginación, y sucedió que los físicos escribieron libros con grandes psicoanalistas (Jung y Pauli sobre la sincronicidad) o con yogures indios (Bohm con Krisnamurti). Sin embargo, esto no nos exime de preguntarnos cuál es la intención de la ciencia y cuál la de la Tradición.
Dos intenciones opuestas: en un caso conocer el universo para transformarlo y adaptarlo a las necesidades del hombre, en el otro conocer el universo, y el hombre como parte del cosmos, para transformar al hombre.
Las teorías científicas nunca deben convertirse en “dispositivos” o fetiches para ser adoradas y utilizadas indiscriminadamente para interpretar la realidad, tienen su propio dominio de aplicación. Además, en el siglo XVIII los científicos creían que para “explicar” un fenómeno bastaba con construir un autómata o un mecanismo que ilustrara sus relaciones internas de causa-efecto en términos de interacciones mecánicas. Hoy en día este modelo está completamente en crisis. Por lo tanto, no es el caso de confiar en la ciencia para “justificar” las enseñanzas tradicionales. No.
En cambio, deberíamos reconsiderar la forma en que la Tradición trata la tecnología que utiliza, es decir, la magia y los rituales tradicionales. Cada Tradición tiene formas particulares de transformar al hombre y su realidad (interna o externa no importa). Profundizar en este punto significa comprender la relación que existe hoy en día entre la ciencia y la Tradición.
En las culturas en las que la noción de lo sagrado está viva, las condiciones materiales del hombre se interpretan a la luz de lo que él percibe como “leyes cósmicas”. Los aspectos fundamentales de la existencia están marcados por los ritos y mitos sagrados que los constatan.
Tanto los ritos como los mitos tienen por objeto vincular cada nueva acción a un arquetipo primordial, que debe darle sentido y realidad anulando y refundiendo el tiempo (véase, por ejemplo, “Sagrado y profano” y “El mito del eterno retorno” de Mircea Eliade). De esta manera queremos mostrar que lo que el hombre está a punto de hacer en el mundo cambiante en el que vive ya ha sucedido en el mundo de los dioses, o de los antepasados míticos, o de los arquetipos, en el principio de los tiempos, y que la situación actual, al repetir la acción primordial, tiene un significado y hereda mágicamente el “poder de hacer”. Cada acción es, en efecto, concebida como una forma de sacar el orden del caos, en virtud de su semejanza con algunos arquetipos celestiales. Así que hay lugares “sagrados” y encajes de tiempo cuyo destino es establecer un contacto entre los eventos humanos y la divinidad.
En una civilización arcaica, en los períodos consagrados a esos lugares y lassi de tiempo, se realizan ritos, mitos evocados, que actualizan cíclicamente los principales aspectos de la vida social, haciéndolos "participar" de un arquetipo (cultivar la tierra, luchar en la guerra, llegar a la pubertad, unirse en matrimonio, engendrar hijos, atrapar presas durante la caza, enfermar y morir) imitando la aparición, por primera vez, del caos indiferenciado de lo informe por un Dios o un progenitor mítico. Este mecanismo de re-actualización funciona como un baño purificador, como una inmersión en las aguas de la Nada que permite a las formas de acciones recibir el sentido, la vida y la realidad de un incorruptible e incorruptible Logos primordial del tiempo.
Quien está inmerso en tal visión del mundo tiene una noción propia "de estar allí", una imagen de sí mismo, un sentido del yo, mucho menos rígido y delimitado que el que caracteriza al hombre moderno. Todo lo que es perceptible y tiene existencia en el hombre está fundado, de acuerdo con tal rostro
ne, en un principio homólogo fuera de él y viceversa, la conciencia no es algo dado a priori, sino que consiste en un equilibrio precario, en un equilibrio entre dos polos, uno interno y otro externo, que se definen e identifican mutuamente. Además, siempre existe la posibilidad de que la conciencia siga el hilo invisible que une nuestro interior y exterior y que podamos perdernos "despertar " desmembrado en lo que nos rodea. Es dentro de esta percepción de las relaciones entre las personas y las cosas que necesitamos para enmarcar los ritos de iniciación y las diversas técnicas y prácticas mágicas. Desde este punto de vista, la condición humana se caracteriza por un desequilibrio entre las diversas polaridades, entre los dualismos que caracterizan a cada individuo, por una ceguera que impide al ego gemelo reflejarse en su opuesto polar, el mundo.
El conocimiento y la sabiduría no son entonces sinónimos de la acumulación de nociones generales y leyes para controlar la naturaleza y someterla a los propios deseos. Sabe, en cambio, que sabe transformarse hasta el punto de hacer que las leyes que regulan su microcosmos interior sean idénticas a las que rigen el macrocosmos. Aquel que ha reconocido estas leyes y ha aprendido a aplicarlas a sí mismo es sabio. El rito de iniciación, que es entonces la transmisión de una influencia espiritual, tiene precisamente el sentido y el propósito de sancionar un pasaje de estado, un paso de la conciencia individual en el camino de la armonización del yo con el cosmos, de la individuación del todo en la parte.
Este camino suele implicar dos etapas sucesivas. La primera consiste en tomar conciencia de la propia "doble", en la relativización de la condición de individuo, en el reconocimiento de la propia "gemela externa", en la percepción de que las características del individuo, su ubicación en el espacio y el tiempo, la épica personal, no tienen existencia propia. No son nada. Esta fase sólo puede terminar con la muerte simbólica del individuo, con la destrucción de toda su identificación con la persona-máscara de cuyas cenizas debe nacer un nuevo hombre.
A esta fase le sigue otra, de ascenso vertical hacia las realidades sutiles. La superación de los dualismos es tanto interna como externa: al hombre le pasa lo que quiere y quiere lo que le pasa. La espiritualización del cuerpo y la corporeización del espíritu perseguida por las iniciaciones harán presentes en la conciencia verdades inalcanzables, verdades que ahora pueden ser vividas, encarnadas.
Cada lenguaje iniciático declara orígenes sagrados primordiales y no humanos, que se sitúan fuera del “devenir” y se describen a través de sus mitos específicos. Según esta forma de ver los símbolos reciben su significado (y su poder unificador de la conciencia) en virtud de este vínculo con la trascendencia, y la propia organización iniciática cree que refleja el orden cósmico, que sería “transferido” a su orden jerárquico (que se presta a una fácil degeneración, como desgraciadamente todo el mundo puede ver).
Los que ocupan un determinado puesto en la jerarquía pueden, independientemente de su valor individual, llevar a cabo ciertas tareas en nombre de la organización iniciadora. En tales ocasiones existirá sólo como “transmisor”, representativo de la tradición – (el caso del sacerdote excomulgado cuyas misas, sin embargo, tienen valor sacramental cuando se celebran, es similar desde el punto de vista esotérico). Esta visión de las cosas pertenece a la mayoría de las organizaciones iniciáticas del pasado y del presente (Rosacruces, Masonería, Compagnonage, Martinistas) y a muchos cultos misteriosos del pasado (Misterios Eleusini, Dionisio, Mitras, Attis y Cibeles, Zoroastrismo, etc.). No está permitido, entonces, mezclar los ritos de varias tradiciones.
Sólo la Forma que se adhiere a la totalidad de los dictados de una y sólo una tradición puede recibir la energía espiritual en sí misma y transmitirla. El principio tiene o no tiene en sí mismo las cualidades necesarias para acercarse a los “Misterios”. Si no, no podrá aspirar a la transmutación de sí mismo en “Hombre Universal” por mucho que su intelecto lo intente – (sobre estos temas ver Guenon: “Aperçus sur l’initiation”). Si, por el contrario, está “predestinado” será la Providencia la que le enviará, siguiendo los frutos de su obra interior y exterior, una señal que tendrá que reconocer. Por una serie de aparentes coincidencias entrará en contacto con la organización iniciadora.
Desde el punto de vista de tales organizaciones, quienes llevan a cabo su camino de manera anárquica, el místico, no puede ir más allá de un modesto grado de autoconciencia, de armonización de los opuestos, excepto en casos muy raros de iniciados que descendieron para llevar la Palabra (tal es el caso de Buda, Cristo, Mahoma o Lao Tze). Los mitos, ritos, símbolos, por su propia esencia, no pueden ser “modificados”, so pena de la degradación charlatana de la organización iniciática. La configuración general de los mitos y ritos es de hecho lo que mantiene en ellos “la influencia espiritual”.
Hay formas “esotéricas” de rituales con los que sólo el iniciado o la iniciada puede entrar en contacto. Uno no se inicia sólo porque aprende el uso o el significado de los símbolos y rituales de una determinada Tradición, por ejemplo, leyéndolos en libros. La iniciación consiste en la transmisión de una “influencia espiritual” y, para que esto ocurra, el lugar, el tiempo, las formas y los vehículos a través de los cuales se propaga esta influencia deben ser “carismáticos”, es decir, deben mantener su aura intacta. Sustraer ritos y símbolos de su contexto sincrónico, de su hic et nunc, es pervertir su significado.
El propósito de los ritos es crear una corriente de comunicación entre lo humano y lo no humano. El ritual es visto, en una iniciación, como un conjunto real de medios “técnicos” para entrar en contacto con lo sagrado. Quien es iniciado experimenta un baño purificador, fuente de vida y renovación y, como sucede en el proceso alquímico, debe pasar por lo más bajo para llegar a lo supremo, recuperar e integrar el arcaico animal infantil para ascender a la condición mística del “homo maximus”. Algunos ritos iniciáticos se realizan una sola vez en la vida de un individuo determinado y su influencia se considera definitiva y ya no puede ser revocada, cualesquiera que sean las sucesivas modificaciones de quien los haya realizado (el bautismo y el sacerdocio son un equivalente esencial de éste en el cristianismo), la influencia espiritual perdura incluso después de que, eventualmente, el iniciado se haya alejado materialmente de los lugares y ministros de culto a los que se había adherido.
Existe un paralelismo entre la forma en que operan los símbolos y los rituales: los rituales son una sucesión espacio-temporal y dinámica de símbolos y acciones simbólicas. Desde este punto de vista, el ritual no es más que un conjunto ordenado de símbolos, cuya urdimbre es lo que da poder al ritual, sintonizándolo con una configuración arquetípica de la que hereda o recibe mágicamente su carisma. El mito consiste, en cambio, en un conjunto de símbolos (transmitidos por la tradición oral y escrita, la pintura, la escultura, etc.) que pueden tener diferentes grados de influencia en el principio, según cómo se ordenen e interpreten. En el mito, en otras palabras, hay un ritual in fieri y, de hecho, (ya que el mismo mito puede ser penetrado con diferentes niveles de profundidad en diferentes momentos), más rituales in fieri.
El rito constituye un medio, un instrumento para entrar en contacto con lo sagrado, aunque el oficiante no comprenda realmente su significado. El mito, en cambio, que deriva de la raíz mu y del latín mutos, mutos, se ritualiza sólo en la medida en que quienes lo utilizan han revelado su profundo significado, poseyendo las cualidades internas para interpretar los símbolos que lo constituyen, orientándose en el laberinto de imágenes y distinguiendo el camino que conduce a la meta de las calles sin salida. La esencia del mito es lo que el mito calla, la analogía oculta que, si se revela, hace que el mito se active , le da ese poder evocador que el ritual ya posee intrínsecamente. También podríamos decir que el mito actúa desde el interior, mientras que el rito, desde el exterior.
En la representación que muchas Tradiciones hacen del cielo y de la tierra se afirma la existencia de más “planos o niveles de realidad”, considerando las múltiples formas en que el Uno se manifiesta. El nivel de realidad que los sentidos y la racionalidad nos hacen percibir se considera el más bajo, el más relacionado con el mundo de la materia. Junto a este nivel, se afirma, hay muchos otros dichos “sutiles” que se hacen perceptibles después de que el hombre, incluso a través de símbolos, ritos y mitos, se reintegre al “estado primordial” de armonía con el cosmos. Estos niveles sutiles, lejos de ser en sí mismos mejores o más deseables que la realidad ordinaria, a la que accedemos a través de los sentidos y la racionalidad, son en cambio el asiento de fuerzas y energías de todo tipo. Quien no ha alcanzado una condición de armonía interior, de victoria sobre el yo y de autoafirmación, de profundo contacto con su Yo, puede igualmente buscar y obtener el contacto con las “fuerzas sutiles”, pero entonces se expone a sí mismo y a los demás a graves peligros. De hecho, los que trabajan de esta manera no suelen utilizar las fuerzas que no conocen, sino que son utilizados por ellos y están expuestos pasivamente a influencias de todo tipo.
Luego está el caso de la “contra-iniciación”, un camino que conduce a la descentralización total del ser, practicado por quienes promueven el fortalecimiento del Ego en lugar de su disolución, por quienes buscan un dominio de las fuerzas sutiles dirigidas a la voluntad del poder, y propone como objetivo no la armonización del ser con el cosmos, sino el dominio y la transformación del cosmos para adaptarlo a un Ego inmóvil e hipertrófico. De esta manera se persigue un camino opuesto al iniciático, de alejamiento progresivo del Centro, de la condición de Hombre Universal, condición perversa que se obtiene fortaleciendo los lazos que unen a los niveles más bajos del ser.
Elemire Zolla escribió en “Salidas del mundo”: “En las iniciaciones malignas el Ego debe enfrentarse a sacrificios como en las otras, pero, aquí la diferencia, no apuntan a su completa extinción, aislan un núcleo hecho de pura venganza hacia el cosmos, de lujuria vampírica por la vida de otros, de voluntad furiosa y desnuda. A este núcleo se hace el tremendo sacrificio, la mutilación de todas las demás partes del hombre dedicadas” . El ego se convierte así en un fetiche que se eleva por encima del mismo destino y circunstancias personales.
Ahora volvemos al punto de vista del novato. Para él los símbolos y rituales están ligados a un proyecto de autotransformación. Este uso consciente de las “fuerzas sutiles” presupone una relación orgánica con la Tradición. En este contexto, la magia es vista como una “ciencia tradicional” que subyace en el desarrollo de los rituales y la capacidad de despertar el poder de la transmisión de los símbolos y los mitos. Además, la actitud que el iniciado tiene frente a los símbolos es considerarlos como la verdadera realidad, el ser, mientras que las imágenes iridiscentes que vienen del mundo son sólo reflejos de esa realidad inmutable y atemporal. Así, mientras que la contrainiciación y la ciencia profana utilizan símbolos para controlar las imágenes del mundo, consideradas como la verdadera realidad, el iniciado hace exactamente lo contrario: a través de la magia tradicional trata de trascender las imágenes y los estados de cosas para llegar a la verdadera realidad de los símbolos, los arquetipos de cuya fuerza vital quiere extraer. Esta forma de ver las cosas, que pertenece a las enseñanzas religiosas y tradicionales de toda la tierra, es paradójicamente identificada por el pensamiento occidental como “filosofía de Platón”.
Por lo tanto, debemos imaginar una ciencia tradicional que estudie las fuerzas sutiles con intenciones opuestas a aquellas con las que la ciencia física “profana” se ocupa de las fuerzas materiales.
En este contexto, los “poderes psíquicos”, la capacidad de producir “fenómenos milagrosos” (curaciones, clarividencia, telepatía, telequinesia, etc.), de dominar y controlar a los demás y de extender las percepciones a formas que trascienden los sentidos, no facilitan el viaje espiritual del hombre sino que lo obstaculizan. Tanto los que recurren a la magia como los que tienen “facultades paranormales” operan en el mismo dominio: los primeros recurren a una technè, los segundos a sus dones naturales. Desde el punto de vista del iniciado, todo esto no acerca ni a uno ni a otro a la evolución espiritual, sino que crea la ilusión de estar muy por delante en un camino que ni siquiera ha sido tomado. De hecho, los “poderes” son otros tantos obstáculos a lo largo del camino espiritual, lazos que clavan en el plano material, la dimensión de la individualidad. Es precisamente un rechazo real de los propios “poderes” lo que constituye la prueba necesaria para progresar en el camino de la iniciación, demostrando que se prefiere la búsqueda del conocimiento a los “poderes”. A este respecto, el “Yoga sutra” de Patanjali, que trata precisamente del desarrollo de los poderes por el yogui, prescribe la renuncia a tales poderes como una condición esencial para la evolución espiritual de uno.
Veamos ahora cuáles son los rasgos esenciales comunes a los lenguajes mágicos tal y como fueron, con razón o sin ella, determinados por Frazer en “Rama de Oro” y por Hubert y Mauss en “Boceto de una Teoría General de la Magia”.
En primer lugar, hay que distinguir entre la magia conectada a los “ritos de transmisión” y la conectada a los “ritos de generación”.
1 – Ritos de transmisión
Son rituales cuyo propósito es forzar a los poderes ocultos y a la propiedad a transferirse de un objeto a otro. El tipo de magia que utiliza tales rituales se llama “magia simpática”. Los ritos de magia simpática pueden subdividirse en ritos de contagio y ritos imitativos u homeopáticos.
Los ritos de contagio parten del principio abstracto de que entre lo que le sucede a la parte y lo que le sucede al todo hay una correspondencia “simbólica” y que, además, operando simbólicamente sobre la parte se obtienen efectos reales correspondientes sobre el todo. El término “parte” debe entenderse en el sentido más amplio posible, en el sentido de que dos objetos que han estado en contacto siguen actuando el uno sobre el otro incluso cuando el contacto ha cesado. Para dar algunos ejemplos sobre personas y cosas: los hechiceros de las Islas Marquesas toman el pelo, la saliva o algún otro elemento de un hombre cuya muerte desean y los entierran en una bolsa de fibra, acompañando esta operación con complejos rituales. Al hacerlo, la víctima de la maldición muere lentamente y lo peor sólo puede evitarse si alguien desenterró el contenido de la bolsa – las “defixiones” de los antiguos romanos eran bastante similares. Así que los apaches para conseguir la lluvia tiran agua sobre las rocas y los indios Otawa afirman que: “cada llama contiene fuego, cada hueso de los muertos, la muerte.”
Los ritos imitativos se mueven a partir del principio “similia
